El Lobo: déjà vu de otoño

jueves, 6 de marzo de 2014

La historia se repite todos los años con una puntualidad pasmosa: en otoño salta a la prensa gallega que en tal o cuál ayuntamiento una manada de lobos atacó un rebaño de alguna especie doméstica provocando graves daños. Los periodistas se desplazan a la zona y entrevistan a un ganadero que dice que ellos no pueden seguir así. La Consellería de Medio Ambiente dice alguna vaguedad y los ecologistas reclaman medidas de conservación y compensación social. Así año tras año.

Por Xabier Vázquez Pumariño

Hablar del lobo objetivamente es complicado puesto que no es una especie cualquiera, es un superdepredador, igual que el hombre, y por lo tanto competimos (obviamente de manera desigual); trasladamos su figura del ámbito del real al del imaginario colectivo, a los mitos, las leyendas, filtrándose incluso a la religión (no olvidar que la figura de S. Froilán, patrón de Lugo, se acompaña de un lobo).

Habitante de todo el hemisferio norte, es bien conocido por todos los pueblos que viven en este amplísimo rango geográfico y cultural. Esta enorme distribución territorial tiene una primera lectura clara: el lobo no es un cliché, sino que es una especie excepcionalmente versátil capaz de sobrevivir con diferentes estrategias en ambientes heterogéneos, desde la taiga, hasta el desierto, a las estepas, a las montañas e incluso, como es caso ibérico y particularmente gallego, en ambientes drásticamente humanizados en los que convive estrechamente con el ser humano. Es en este punto donde surge el conflicto pues la cabaña ganadera forma parte de su dieta.

De manera un tanto simple podemos resumir las dos posturas enfrentadas que modernamente se asocian la esta especie: por un lado estarían los que opinan que los lobos son unas bestias salvajes que no causan más que daños y que deberían ser erradicadas, o confinadas en reservas en el peor de los casos, valiendo para su eliminación todo tipo de instrumentos como la escopeta, el veneno, los cepos, etc. por otro lado estarían aquellos, de extracción urbana, para los que el lobo es un ser mítico, símbolo de la naturaleza salvaje, de la libertad, del equilibrio ecológico, etc. Ambos grupos tienen en común una imagen humanizada de una especie animal, para unos es un asesiño implacable y cruel, para otros un ser cándido tamizado por las películas de Disney. Sirva esta caricaturesca visión para dar a entender el enfrentamiento existente.

A pesar de todo, se pueden observar puntos de consenso entre las diferentes posturas:

- El Lobo, como especie silvestre, debe ser conservado.
- Los gastos económicos de la conservación no deben recaer en un determinado colectivo profesional, como son los ganaderos.
- Se deben arbitrar las medidas idóneas para cumplir los puntos 1 y 2.


Esto no supone ninguna novedad. La memoria es endeble y por eso hay que recordar que ya en el año 99 las principales organizaciones ecologistas del país y el Sindicato Labrador Gallego firmaron declaraciones conjuntas al respeto.

 
La situación actual

Confinado, mayoritariamente, al Noroeste Peninsular, la mayor parte de la población lobuna ibérica se encuentra en Galicia y Castilla y León, cifrada en un máximo de 2000 ejemplares (300 en Portugal). En Galicia estaría el 34% de la población ibérica, unos 500-680 ejemplares. Sin embargo, hay otras fuentes que ponen en entredicho estas estimas a nivel ibérico y sitúan el número de ejemplares en 937-1188 lobos pertenecientes a unos 322 grupos familiares; de ser más aproximada a la realidad esta estima significaría que en Galicia el número ronda los 350 ejemplares.
Determinar numéricamente una población silvestre es, además de complejo, caro, por lo que las estimas hay que tomarlas con prudencia.

La pregunta tópica, llegados la este punto, es se esto supone muchos o pocos lobos; cada uno contestará en función de su propia postura previa, por lo tanto no sirve de mucho. Sería más útil me los preguntare ónde están los límites para la conservación de la especie y el mantenimiento excelente de los ecosistemas. En este sentido es básica la investigación constante sobre la especie, tarea en la que la Xunta hace algún esfuerzo a pesar del cual claramente suspende: conocemos de manera aproximada cántos lobos hay y como es su área de distribución pero sabemos muy poco de su ecología, de su dinámica poblacional, de cómo son afectados por diversas actuaciones humanas (en definitiva de su movilidad) y, de manera muy especial, cál es su diversidad genética, cuestión esta sobre la que voltarei pues es clave en la conservación de la especie a largo plazo. Una lectura simple de los conocimientos biológicos actuales proporciona elementos para el optimismo, reforzado por la lenta recuperación territorial del lobo en el resto de España mas, son tantas las incertidumes que como mínimo hay que aplicar el principio de prudencia.


Un plan de gestión, un plan de conservación

El lógico es tener un plan de conservación y gestión de la especie. La Xunta de Galicia, después de años de retraso incompresible, presentó el plan gestado en la etapa política anterior y resucitado por la administración actual. El Plan no está aprobado. Y no lo está porque es un mal plan por muchas razones que se pueden resumir en tres: la biología de la especie en Galicia sigue a presentar múltiples puntos oscuros, la participación de los sectores implicados fue más que deficiente y no es un plan de gestión sino de mera caza. Actualmente el lobo es una especie cazable y semeja que el plan de gestión de la Xunta consideraba únicamente esta dimensión en su gestión, incluso "inventando" una nueva modalidad cinegética en la que el lobo sería incluido en el cupo de capturas en los planes de caza. Curioso: un plan de conservación basado en la caza.

La cuestión no es si la especie es cazable o no, sino si la caza es una herramienta social y económicamente útil y sobre todo, si es viable científicamente para la conservación de la especie. Sin tener todos los datos biológicos en la mano y sin saber exactamente cáles son las demandas reales del conjunto de la sociedad (no de una parte interesada de ella) no es posible dar una respuesta seria.

Es preciso, luego, más y mejor investigación que precisará obviamente más inversión y hablar con todo el mundo. Mientras, claro está, quien soporta en sus carnes el precio de la conservación de la especie son los ganaderos, molestos ciclicamente en buena lógica. En este punto no cabe contemporizar y andarse con disculpas, medias tintas o promesas, hagamos el que hagamos cara el futuro los ganaderos no tienen porque pagar, en exclusiva parte del precio de la conservación de una especie. Así, se debería articular ya un plan de compesación (y/o seguros) claro y contundente en todo el ternritorio del país. A estas alturas es incomprensible e impresentable que no lo haya, más se tenemos en cuenta que todos los gastos que ocasiona el lobo supondrían una partida ridícula dentro de los presupuestos de la Administración gallega. Es un tema complejo, obviamente, pero en este caso la Xunta de Galicia la única responsable de la displicencia en cuanto a gestión de la especie, nada más y nada menos.


La conservación del lobo

La conservación del lobo en Galicia pasa por un mayor conocimiento de la especie que nos permita tomar decisiones científicamente justificadas, por un debate riguroso y tranquilo donde parte de la sociedad no se tenga que posicionar poniendo de su bolsillo el dinero por adelantado y por supuesto a ultranza de un reducidísimo grupo de cazadores puesto que la mayor parte del colectivo no tiene la especie entre sus fines venatorios.

Desde hace ya años, Galicia está siendo cruzada por grandes infraestructuras, fundamentalmente de transporte, como autovías, trenes de alta velocidad, grandes embalses, vías rápidas, urbanizaciones, etc que fragmenta el territorio y por lo tanto, cabe suponer, las poblaciones del lobo. No conocemos, en este sentido el nivel de permeabilidad del territorio para la especie, no sabemos cómo van a afectar las infraestructuras que hoy por hoy se están construyendo, desconocemos cómo son sus movimientos y esto es de una importancia capital puesto que también ignoramos su grado de diversidad genética y hay indicio alarmantes: por ejemplo se compararon genéticamente dos poblaciones de lobos, presumiblemente contiguas, de Asturias y Lugo, dando como resultado unas diferencias notables y sin haber barreras físicas significativas por lo que el flujo genético entre ambas poblaciones es muy pequeño.

En definitiva, la fragmentación de las poblaciones de lobos y la conseguida endogamia puede poner de manera inexorable al lobo en la senda de la desaparición. Con los conocimientos actuales de la genética de poblaciones no se trata tanto de asegurar un número de individuos viable sino de asegurar una variabilidad genética viable.

Sobra decir que en los Estudios de Impacto Ambiental y las consiguientes Declaraciones de Impacto Ambiental, este tipo de cuestiones no son contempladas (o tratadas sin rigor) para la especie por lo que hay una responsabilidad obvia de los colegios profesionales y, desde luego, de la Consellería del ramo.

En este contexto, contemplar la caza como herramienta de gestión es, como mínimo, jugar a la ruleta rusa, pues no sabemos cuánta variabilidad genética estamos matando. Hay que tener en cuenta, además, la mortalidad directa por veneno o por atropellos en carreteras, quizás la causa de mayor mortalidad actual de la especie en Galicia.

El tema de los venenos es particularmente grave, pues amenaza directamente la supervivencia de la especie; nadie habla de este andazo que puede estar matando un número indeterminado de ejemplares al año, además de otras especies como rapiñas y mismo animales domésticos. Compre destacar, una vez más, la incompetencia de la Xunta de Galicia al respeto: existió el llamado Programa Antídoto a nivel estatal que la Administración Gallega ignoró la "Estrategia Nacional Contra el Uso de Cebos Envenenados".

También hay que tener en cuenta a necesaria coordinación entre las Consellerías de Medio Ambiente y del Rural pues el lobo depende en buena medida de la gestión que se hace de la ganadería extensiva y semiextensiva.

El futuro del lobo requiere un plan de conservación y gestión basado en el rigor científico y en el consenso social porque la conservación de las especies y particularmente de aquellas tan significativas había debido ser un debate del pasado y las actuales polémicas no son más que una muestra del retraso social y político (no económico) del país.

Por último la conservación del lobo pasa, además, por un periodismo profesional y una prensa seria: cada año informa con la misma falta de rigor del tema, cada año profesionales nuevos califican de "alimaña" a una especie silvestre y repiten la misma colección de tópicos e inexactitudes. Hay que tener rigor y hay que ofrecer información contrastada, vamos, salir del déjà vu.

Xabier Vázquez Pumariño

Nació en Lugo y vive en Santiago de Compostela. Biólogo, trabaja como consultor ambiental y lleva más de veinte años vinculado al movimiento ecologista.


Enlace al artículo en gallego:
http://www.vieiros.com/columnas/opinion/307/o-lobo-deja-vu-de-outono

Nota: 
Este artículo se ha realizado con la mejor traducción online posible.


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